sábado, 26 de septiembre de 2015

Jesús es mi luz y mi salvación
INVOCANDO A DIOS DESDE LA ANGUSTIA

Entonces oró Jonás a Jehová su Dios desde el vientre del pez, y dijo: Invoqué en mi angustia a Jehová, y él me oyó” Jonás 2:1-2.


Al leer la historia de Jonás, vemos que había escuchado a Dios,  y había huido de él en un barco, allí había dormido, y aún había hablado con los marineros, pero sólo hasta ahora vemos que ora (“Entonces oró Jonás”). Por supuesto no oraba, porque estaba huyendo de Dios. A veces el creyente no ora, porque está huyendo de Dios, pues sabe que el Señor le recordará cuál es Su voluntad.             

Podemos orar en la cocina, en la calle, en el vehículo, aún en el baño, pero nadie planearía hacerlo en el vientre de un gran pez. Por un momento, tratemos de imaginarlo... Pero éste fue el escenario que Jonás escogió al desobedecer a Dios, el profeta del Señor había emprendido su propio camino a Tarsis, y esto no tomó por sorpresa Dios pues “Jehová tenía preparado un gran pez que tragase a Jonás”. Muchas veces nosotros, habiendo tenido la oportunidad de orar en un hermosos y cómodo escenario, terminamos orando desde la crisis o el dolor.                          
Cuantas gracias debemos dar a Dios que nos da la vida para invocar Su nombre, nuestro corazón se goza cuando en medio de la alabanza en el templo invocamos Su nombre. Pero, en éste caso, Jonás invoca a Dios en medio de la angustia: “Invoqué en mi angustia a Jehová”, el término angustia aquí, viene del hebreo: tsarah que además traduce: aflicción, aprieto, tribulación, y ésta condición llevó a Jonás a orar. La verdad es que buen número de veces, sólo nos volvemos a la oración cuando la angustia, crisis o dificultad llega a casa.

Pero qué hermosa es la frase: “y él me oyó”, ésa es la esperanza que debe alimentar nuestra fe, saber que en el templo, en la calle o en la cocina, yendo o huyendo, podemos levantar nuestra oración sincera, sencilla, desde un corazón que levanta sus ojos al cielo y que se vuelve a Dios, y será oído por el Señor. No es por nuestros méritos, es por Su gran misericordia y gracia hacia sus hijos. La respuesta de Dios no es en vano, su misericordia se manifiesta en orden a Su propósito: enseñar a Jonás y salvar a los ninivitas.              


Reflexión final: Como hijos de Dios, tenemos el privilegio de hablar con nuestro Padre celestial, y él también quiere no sólo hablarnos, sino que le obedezcamos. Algunas veces debemos invocar a Dios desde la angustia, como consecuencia de nuestras malas decisiones, pero si lo hacemos con un corazón que se vuelve a Él, Dios nos oye y responde, organizando todo de acuerdo a su voluntad y bondad.   

Escrito por Gonzalo Sanabria para Estudios y sermones. Autorizado para ser publicado en Mensajes y sermones para predicar



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